Escritos y algo más🗒️
Por María Elisabet Palacios Almendro
Nací en mi querida Sullana, tierra de las Capullanas y del hermoso valle del Chira. Desde
pequeña, cuando veía trabajar a mis padres, supe que mi misión sería especial y que
buscaría alcanzar mis metas y sueños para que ellos se sientan orgullosos de su única hija
mujer. Mis padres nunca perdieron la esperanza de tener a su primera niña, especialmente
mi madre, una mujer de fe y oración. Tengo una familia numerosa, somos siete hermanos.
Desde niña he sido muy observadora de las cosas que hacían mis padres y hermanos en
nuestro hogar, escuela y barrio, en la calle Balta 603.
Mis hermanos siempre destacaron y fueron reconocidos en el colegio; los profesores
felicitaban constantemente a mis padres, aunque ellos con su sencillez y sabiduría nos
decían que nuestro deber era estudiar y ayudar en las labores de casa; por tanto, no había
necesidad de ser premiados (¡cuánto bien nos hicieron!).
Definitivamente, las precariedades hacen que demuestres y saques lo mejor de ti en toda
circunstancia; esta ha sido una de las tantas lecciones familiares y recurro a la frase: Educa
a tus hijos, con un poco de hambre y un poco de frío. Mis padres, a pesar de no tener
estudios secundarios ni superiores, comprendieron perfectamente su labor de ser los
principales formadores de nuestra educación; por eso, somos conscientes de que ellos han
sido nuestros mejores maestros; además, nos han dado las grandes lecciones basadas en
el amor, trabajo, sencillez y fe.
Siendo la única mujer tuve que arreglármelas y adaptarme en diferentes circunstancias de
mi vida. De ahí que muchos comprenden por qué me encanta el fútbol, incluso en mi
etapa escolar me fascinaba jugar con mis compañeros.
Mi madre es mi gran compañera de la vida; a pesar de ser una mujer de pocas palabras
basta solo con mirarla para saber las respuestas que busco y de esa manera admirarla y
honrarla por su sabiduría; de ella aprendí que todo se predica con el ejemplo y vale más
ser personas de bien.
En el caso de mi padre, hasta ahora admiro su orden y memoria de elefante; siempre nos
cuenta las pequeñas y grandes historias familiares. Es una de las personas más honradas
que conozco.
Crecí siendo líder en mi escuela, en mi recordado colegio Amauta; estudiaba mucho por
motivación familiar y de mis maestros inolvidables, aunque renegaba y hasta lloraba
cuando no me salían los ejercicios matemáticos; hacía travesuras con mis amigos, salí a
unas cuantas fiestas, comí mango con sal a escondidas, jugué liguero, etc. Siempre he
sentido una fuerza especial por superarme a mí misma y aprender cada día, mirando
además el ejemplo de mis hermanos.
Llegó el momento de terminar el colegio y decidir qué estudiar. Mis hermanos dieron el
grito al cielo cuando supieron que estudiaría educación. Pero poco a poco se dieron cuenta
de que había tomado la decisión correcta y, como siempre, junto a mis padres me
apoyaron en todo lo que necesité.
Así llegué a la universidad donde sufrí, como a muchos les sucede, los primeros golpes
anímicos por mi falta de nivel académico. Sin embargo, fueron esos obstáculos los que
me hicieron buscar mejorar cada día en los diferentes ámbitos de mi vida. Pude encontrar
grandes referentes y maestros que confiaron en mí, me alentaron y guiaron en mi carrera
de maestra.
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